No te salves.
Aguantate firme, estoico, fundido en la bandera como si fueras
ella, sin lágrimas ni miedos, con la cara bella pintada de
azulgranado metejón glorioso, el gorro como un casco, las venas
como un río, y la sangre del mismo color que tu infancia, niño San
Lorenzo con arrugas de viejo y sonrisa de madre.
No te salves.
Besate el CASLA que te brota del pecho y abrazá a tu hermano cuervo
y saltá con él, volá con él, no dejes de volar aún en la angustia,
porque sos casaca bajo el guardapolvo, poster en la pared húmeda
con ídolos de papel y sos canción, garganta mutilada, nudillos
rotos en el alambrado donde colgaste el trapo de tu ilusión.
No te salves.
Por el que te hizo Cuervo para siempre; por los hijos que criaste
en esta santa religión de milagros, mártires y sufrimientos; por
los caídos, por los que están naciendo, por los locos que te
encontraste en esta tribuna de ingeniosos papelitos imbatibles,
bombos y redoblantes, murga y carnaval.
No te salves.
Viví, sentí, celebrá, llorá, amá, cantá, puteá, soñá, morí,
resucitá, abrazate, volvete loco, enamorate, sé como sos, pero no
te salves, jamás te salves.
Salvarse es ponerse a seguro.
Evitar un riesgo.
Escaparse de un peligro.
Vos quedate, como sé que te vas a quedar, hasta el final, hasta
siempre, gritándole al mundo que a San Lorenzo lo habrán herido, lo
habrán saqueado, le habrán atravesado un artero puñal lleno de
mierda, pero que esta pasión, el intransferible amor que sentís por
el Ciclón, no es por los títulos ni las copas. Que San Lorenzo, esa
eterna metáfora de la vida misma, te enseñó a cagarte en el oro, el
éxito prefabricado y los espejitos de colores de los nuevos ricos.
Te enseñó a amar, soñar, llorar, sentir, putear, amargarte,
celebrar, morir y renacer, te hizo hombre, te hizo humano, te contó
la posta, con música de tablón y filosofía de barrio. Te enseñó a
no salvarte. A quedarte ahí, abrazado al sentimiento que seguirás
legando, de generación en generación, pase lo que pase, porque
todos los días nace un Cuervito, acá, allá y en todas partes; y en
toda calle hay un loco feliz, desbordante de pasión, borracho de
optimismo, luciendo con orgullo la gloriosa camiseta de San
Lorenzo. Y salvándonos de todo, para siempre.
Por Eduardo Bejuk


