UN GRAN RECUERVO
Mi eterno agradecimiento a San Lorenzo.
Siempre pensé que esta hermosa profesión de director técnico
tiene un problema que no tiene nada que ver con la metodología, ni
con la táctica.
El principal reto que enfrenta un técnico son las decisiones que
tiene que tomar permanentemente, día tras día para que las cosas
funcionen de la mejor manera, dentro y fuera del plantel
profesional, en el club, con sus empleados y allegados, con el
cuerpo médico y con los utileros, todas personas que hacen a la
vida diaria del plantel y su funcionamiento.
Mi llegada a San Lorenzo fue una decisión que fue pensada,
analizada y, sin dudas, una de las más difíciles que tuve que
asumir. La propuesta llegó cuando ya había anunciado que, a fin del
año 2013, terminaba mi ciclo en Liga Deportiva Universitaria de
Quito ya que no renovaría mi contrato.
La propuesta era volver a dirigir en Argentina después de 9 años
(la última vez había sido en 2005 a Colón de Santa Fe) con todo lo
que conlleva.
Llegaría al equipo campeón del torneo, lo que presentaba una situación difícil, ya que no es común que alguien busque a un técnico cuando las cosas salen bien. Además, estaba la tremenda responsabilidad de tratar de calmar la obsesión de todo San Lorenzo por salir campeón de la Copa Libertadores de América. Esta combinación era todo un desafío, así llegamos al club para empezar a trabajar con la ilusión de poder hacer las cosas de la mejor manera como en cada institución que trabajamos.
Encontré un club que estaba en marcha en todos sus aspectos,
había dirigentes con mucha seguridad y un plantel extraordinario
por sus convicciones y sus deseos de ganar. Sin embargo, como
siempre, el camino no fue de rosas en un principio.
Recuerdo que, al analizar el equipo campeón, descubrí que lo que le
faltaba era compromiso defensivo. Cuando quise introducir este
concepto, encontré caras que marcaban desencanto pero, a medida que
pasaron las prácticas y algunos partidos que no salieron bien, los
jugadores empezaron a darse cuenta de que lo que proponía como
líder del grupo era lo más conveniente para el equipo. Así empezó a
crecer el equipo y se fue convirtiendo muy complicado para los
rivales.
Como anécdota, recuerdo el partido en Chile contra Unión
Española que perdimos. Al llegar al vestuario, vi un plantel
abatido y muy deteriorado. Cerré la puerta y les dije, “hoy, por
primera vez, veo al equipo que imaginé, de ahora en adelante no
vamos a parar de ganar”.
Quizás no encontré muchas respuestas inmediatas en los partidos,
pero sí empezaron a aparecer en los entrenamiento de la semana.
Ustedes saben lo que sucedió de ahí en adelante. Vinieron partidos
durísimos en octavos y cuartos de final contra Gremio de Porto
Alegre y Cruzeiro, donde el nivel individual y colectivo llegaron
al techo de rendimiento y calificamos a semifinales en terreno
visitante.
La semifinal tenía un gran problema: todos decían que éramos los
favoritos y nos daban ya como campeones. Mi gran decisión fue sacar
a todos los jugadores de ese lugar, pero hacerlo sentir lo que
eran, un gran equipo capaz de vencer la historia.
Tuve que cerrar las puertas de los entrenamientos para que la gente
no entre a pedir autógrafos y fotos, ya que cada día que pasaba
aparecían más hinchas.
Finalmente, llegó el partido con Bolívar. La convicción de los jugadores al entrar a la cancha fue tan alta que el resultado de 5 a 0 reflejó la diferencia de los dos equipos. La vuelta en la altura de La Paz fue un trámite inteligente para sellar el paso a la final.
Un dirigente, que luego se convirtió en amigo, me dijo, “Patón, este partido es el más importante del club en toda su historia”. Fuimos a Paraguay con la misma convicción y apoyados por casi diez mil hinchas que querían esa bendita copa. Para mí, el equipo jugó uno de los mejores partidos y debió haberlo ganado por una buena diferencia. Pero este juego tiene cosas que lo hacen tan difícil de entender. La cosa es que, sobre la hora, Nacional empató el partido.
Boedo era una locura, el hotel de la concentración más todavía. Mi intuición y los años de haber vivido situaciones parecidas me llevaron a tratar de que los jugadores pensaran menos en la gente y más en el partido.
Como en cada previa del partido, mostré el video correspondiente al rival. Lo conocíamos, sabíamos todo lo que podía hacer, no había sorpresas. Así empezamos el partido más importante de la historia del club.
El partido comenzó con la gente alentando y ayudando a cerrar la historia. Pasaban los minutos y desde afuera no podía creer lo que pasaba, el equipo estaba parado, nervioso, impreciso, nada de lo que este equipo podía hacer. Vino el gol de Ortigoza y los ánimos se calmaron un poco, pero yo quería que termine el primer tiempo lo antes posible.
En el vestuario, después de unos minutos de descanso, comencé a hablar sobre cómo fue el trayecto hasta la final, solamente enfoqué mi charla en tratar de que vuelvan a ser ellos mismos. El peso de la historia, la gente y la posibilidad concreta de salir campeones hicieron estragos en el equipo y lo llevó a jugar el peor primer tiempo de la copa.
La jerarquía de los jugadores y la charla tranquilizadora hizo el resto. A los 10 minutos del segundo tiempo, ya supe que éramos campeones. El rival dio todo para cambiar la historia, pero no pudo quebrar a un equipo que jugaba bien y ya se sentía mejor.
El resto lo conocen: final histórico, vuelta olímpica ante la
gente, llanto de los hinchas que esperaron más de 50 años para ver
eso, algo demasiado lindo.
La historia dirá que fue la primera Libertadores del club. Yo digo
que fue un logro de un equipo con jugadores extraordinarios y
ganadores, que jugaron en todas las canchas con mucha
convicción.
La decisión que tomé en Quito tranquilo y analizando las
posibilidades fue una de las mejores en mi carrera.
Quiero agradecer a los jugadores, a los dirigentes, a todos los
empleados del club y a todo el cuerpo técnico, se lo merecen.
Edgardo “Patón” Bauza


