Era un lindo viaje para emprender. A Santa Fe, con el equipo bien arriba en la tabla. Debí esperar a que el micro me pasara a buscar por Panamericana y Thames. Mientras tanto, Fernando Gamboa estacionaba su auto, y desde otro le pasaban unas valijas. Era evidente que el nuevo DT de Colón viajaba también a la provincia vecina para ver a su equipo. Juro que le deseé mucha mala suerte, pero salió mal.
Un rato más tarde, un mini bus lleno de Cuervos cantando llegaba a buscarme. Estaban muy contentos los muchachos, con fernet y pizzetas para repartir. El muchacho del bombo tenía un pedo para veinte, y no paraba de cantar. Otro se quedó dormido y lo filmaron metiéndole un chorizo en la boca. Así de alegres eran los chicos.
Ya en Arrecifes, en una parada me cambiaron de camioneta. Era otro ambiente, y al subir me recibieron con un aplauso por ser la nueva “incorporación”. Enseguida me pusieron un apodo. “Rayo”, por mi remera de linterna verde. No tenía mucho que ver, pero caía simpático.
Me acomodé en el fondo junto a “Balsas”. El muchacho era muy parecido al uruguayo, y ya lo habían apodado. Y había más. Estaba el “Tanque”, por su parecido a Pavone; “Shevchenko”, un rubio ucraniano igual al ex delantero del Milan; y otro que tenía varios sobrenombres. Era el “Rolfi” Montenegro, “Chipi” Gandín, o el “Pollo” de Okupas. A todo esto, el hermano del Chipi comentó que de chico le decían Beto Acosta. Así que contábamos con una delantera envidiable.
Luego de parar en Pergamino, el grupo seguía uniéndose. Tras cantar muchos temas del Ciclón, surgió el unplugged de “La Gitana”. El Tanque empezaba cantando el tema sólo, casi recitándolo. Luego todos juntos, descontrolados, seguíamos la melodía normal. Una locura.
Balsas era una esponja de fernet. Ni hablar el ucraniano, que se hacía el distraído y le entraba lindo también. Luego de sufrir una intensa lluvia en la ruta, llegamos gracias a Hernán, nuestro chofer.
En la cancha me tocó separarme, por ir al sector de prensa. Lamentablemente debí ver cómo los santafecinos disfrutaban el triunfo. Al terminar el encuentro, me quise retirar. Ya me habían avisado que las camionetas tenían que salir rápido. Una señora policía no me lo permitió. No entendía que yo era periodista acreditado, que era de Buenos Aires, y que se me iban los micros. Algo similar me había pasado en Rosario, el semestre anterior.
No estaba en mis planes quedar varado en Santa Fe. Subí los peldaños de la platea hasta las cabinas de transmisión. Allí había unos camarógrafos a los cuales les pedí si me dejaban treparme para bajar por adentro. Por suerte, me lo permitieron. Al bajar salí al otro lado de la reja de la policía. Le pregunté si por allí sí me podía abrir. Me contestó que no tenía la llave. “Entonces salgo por el otro lado”, le dije. Yo ya había visto por donde podía salir, pero necesitaba gozar un poco a esa señora a la que poco le importó si me quedaba en Santa Fe.
La vuelta no tenía la misma alegría de la ida. Había muchas caras largas. Para colmo, antes de llegar a Rosario uno de los chicos se desmayó en una estación de servicio. Lo atendió la ambulancia y, gracias a Dios, se encontraba bien.
A eso de las cinco de la mañana me pude acostar. Muy cansado, con mucho sueño. Otro viaje junto al Ciclón había pasado. Fue derrota, pero nadie me quita el haber compartido con otros el amor por éste sentimiento inigualable.


