Un minuto de
silencio. Si es que alcanza, para cicatrizar otra muerte.
Esa tragedia que cada tanto recorre las venas de un fútbol
intoxicado. Incurable.Muerte y fútbol argentino conviven en una
relación que viene de antaño. Que no tiene miras de disolución. Ni
almuerzo entre presidentes. Ni banderas en manos ajenas en la
salida de los equipos. Nada alcanza. La familia del fútbol convive
con la muerte y el odio. Es su condena.
Otro minuto de silencio. Por esa mujer viuda que
despidió a un fana del fútbol y le devolvieron un cadáver. Así de
crudo. Así de cruel. Por un par de pibes, ahora huérfanos. Por una
y todas las madres que se aferraron a un rezo cuando los medios
estallaron al grito de “un hincha muerto de San Lorenzo”. La
desgracia le tocó a una. Pero el corazón se le detuvo a todas.
Más bronca y dolor. Por esa tarde de domingo
pintada por un sol brillante a la que le clavaron otro puñal. Como
aquellas viejas jornadas de fútbol dominguero vespertino todo
junto, apretado en la hora señalada. Una escenografía que amenazaba
a la medida del fútbol y trastocó en drama. En crónica policial.
Fútbol manchado con sangre.
Ahora impotencia. Y naúseas. Porque el circo no
para. Ni va a parar. La pelota que sigue rodando mientras las
sirenas suenan. Pero yo (y disculpen por la abrupta irrupción de la
primera persona), no puedo dejar de reconstruir en mi mente las
últimas páginas de la vida del ese muchacho. Un tal Ramón. La
felicidad por otro domingo de cancha. Los colores azulgranas
coloreando su pecho. La cuenta regresiva de otros noventa minutos
de pasión. La ilusión, abortada después. De cuajo.
Silencio. Por favor pido silencio. Un funeral
íntimo. Mientras los insultos se me caen de la punta de los dedos
al ensayar sobre el teclado este primer reencuentro de sensaciones
de mi san Lorenzo querido. Mis amigos de la prestigiosa
“mundozulgrana” me convocaron otra vez. Lo acepté gustoso. Mi vida
es esto. La escritura futbolera. Justo hoy tuve que volver. El día
que todos somos Ramón.
Fútbol tóxico
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